octubre 22, 2017

La renta básica, las mujeres y el amor

Ilustración de Señora Milton.

Acompáñenme a soñar una utopía feminista: estamos en un planeta en el que los robots nos han liberado de los trabajos más pesados, arduos y rutinarios. Al mismo tiempo que se implementa el salario básico universal, gobiernan coaliciones de partidos de izquierda y ecofeministas. Paralelamente a la eliminación de la pobreza, están llevando a cabo políticas públicas para reorganizar el sistema productivo, incorporar a la macroeconomía la economía de los cuidados, introducir el acceso universal a la educación sexual y emocional, transversalizar el enfoque de género en la educación y en las instituciones, etc. Los cambios económicos irían acompañados de cambios en la política, en la cultura, en la educación, en la comunicación, en la ciencia, las religiones, etc. La transformación hacia la construcción de una sociedad más igualitaria y feminista tendría lugar en todos los niveles, en todos los espacios, en todas las áreas de nuestra sociedad.

Actualmente nuestras vidas están determinadas por la necesidad. Dedicamos casi toda nuestra energía diaria y casi todo nuestro tiempo a la búsqueda de recursos para sobrevivir, como todos los animales. La mayor parte de las horas que pasamos despiertas en nuestra vida las empleamos en producir y en estirar el presupuesto para llegar a fin de mes.

Si lográsemos una renta universal básica para todas, podríamos liberarnos casi completamente de esta necesidad que tantas energías y tiempo nos roba. Y es que en realidad, lo que todos los seres humanos necesitamos para vivir es agua, comida, un techo bajo el que cobijarnos, ropa, y acceso a la educación y la salud, ambos gratuitos y de calidad. Con estas sencillas cuestiones garantizadas, a las mujeres nos cambiaría la vida entera de la noche a la mañana: nos convertiríamos en seres autónomos.

Los cambios en la economía serían maravillosos: miles de millones de mujeres saldrían de la pobreza y la pobreza extrema, dejarían de trabajar en condiciones de miseria, y de sufrir los abusos y la explotación de sus maridos y de las clases adineradas. Como todo nuestro sistema capitalista se basa en la explotación de unos pocos seres humanos sobre las mayorías, tendríamos que encontrar un nuevo modelo económico e inventar otras formas de organizarnos, de producir, de reproducirnos, de intercambiar, de comerciar, de convivir y de colaborar para diseñar y sostener un sistema alternativo al capitalismo.

Los cambios políticos asociados a la renta básica facilitarían que la mayor parte de las mujeres del planeta tuviesen sus derechos humanos fundamentales garantizados. Gozaríamos de mayor movilidad: podríamos emigrar a otro país o cambiar de profesión cuando quisiésemos, estudiar o trabajar, dentro o fuera de casa, el tiempo que quisiéramos. No seríamos castigadas por quedarnos embarazadas. Podríamos elegir libremente la maternidad, porque tendríamos todas acceso a la educación sexual, a anticonceptivos, y al aborto. Podríamos tener los hijos e hijas que quisiéramos y pudiéramos mantener, y criar los meses o años que quisiéramos.

Los cambios en las políticas laborales nos permitirían denunciar el acoso sexual con más libertad, sin miedo a ser despedidas o reubicadas en puestos ajenos a sus destrezas y conocimientos. Ninguna mujer tendría que mantener relaciones sexuales con sus jefes para conservar el empleo, como sucede en muchos países del mundo en la actualidad.

Estaríamos más empoderadas para negociar en los convenios con los patronos, para luchar por nuestros derechos, para crear nuestras propias empresas a solas o en grupo. Podríamos compartir recursos, expandir las cooperativas de trabajo y mejorar las condiciones laborales de todas nosotras.

A la prostitución y a la pornografía se dedicarían sólo aquellas mujeres que quisieran dedicarse a ello. No habría trata de esclavas sexuales ni granjas de bebés, porque además de luchar contra la pobreza, los gobiernos de todos los países dedicarían gran parte de su presupuesto a luchar contra la explotación sexual, la explotación reproductiva, la compraventa de seres humanos, el tráfico de personas migrantes, de esclavos o de órganos. Se reduciría drásticamente el número de mujeres y hombres que caen en estas redes de traficantes producto de su desesperación por el hambre y la necesidad económica.

Los cuerpos de las mujeres dejarían de ser tan baratos como son ahora.

Los ricos no tendrían un mercado en el que poder alquilar cuerpos de mujeres o comprar riñones, córneas, coños o bebés. Los ricos no tendrían esclavos ni asalariados dóciles y asustados. No tendrían mano de obra ‘barata’ para explotar. No podrían acumular tantas riquezas porque estarían más repartidas.

Con un salario mínimo garantizado las mujeres gozaríamos de mayor calidad de vida. Porque nos haríamos ricas de pronto: dispondríamos de muchas más energías y de mucho más tiempo para hacer lo que quisiéramos. Entre otras muchas cosas, podríamos optar por dedicarnos a disfrutar de la vida.

Tendríamos mucho tiempo libre para nosotras mismas, para nuestros proyectos, para nuestras pasiones. Podríamos disfrutar mucho más tiempo del amor en pareja, de los amigos y las amigas, de las familias a las que pertenecemos, de la soledad. Podríamos ahorrar para viajar, para solidarizarnos y colaborar en las causas que creemos. Podríamos estudiar carreras, oficios, saberes y prácticas: deportes, arte y artesanía, música, idiomas, ciencias puras, ciencias sociales, literatura, programación, agricultura, jardinería, baile…

Tendríamos más tiempo para acumular conocimientos, para participar en movimientos sociales y políticos, para organizarnos colectivamente y colaborar en el barrio, en la aldea, en el pueblo o en la comunidad de vecinas. Podríamos dedicar muchas horas a mejorar y a cambiar el mundo desde los movimientos sociales y políticos.

Con tanto tiempo para nosotras, podríamos dedicarnos a sacar adelante proyectos colectivos, a defender nuestros derechos, a acabar con la violencia machista, con la discriminación y la desigualdad. A transformar nuestra alimentación, nuestras ciudades, nuestra crianza y educación, nuestra comunicación, nuestra cultura, nuestras religiones, nuestra relación con la naturaleza y los animales, nuestras formas de organizarnos política y económicamente, y nuestras formas de relacionarnos afectiva, sexual y sentimentalmente con los demás.

Lo tendríamos más fácil para huir de casa si sufrimos abusos sexuales o malos tratos por parte de padres, hermanos o maridos. Podríamos elegir libremente vivir solas o en familia, con amigas o con colectivos de gente como nosotras. La maternidad sería elegida: sólo vendrían al mundo bebés deseados. La crianza y los cuidados de familiares con enfermedades, con discapacidades, ancianas o bebés serían compartidos por toda la comunidad, y así dejarían de ser una obligación exclusiva para las mujeres. Todas y todos tendríamos que aportar un tiempo de nuestras vidas a cuidar(nos) y a ser cuidadas.

Los cambios en el sexo, el amor y las relaciones románticas

Con una renta básica universal, nuestra vida sexual y emocional experimentaría una mejora inmediata. Nuestras relaciones podrían construirse desde la libertad, no desde la necesidad. Podríamos juntarnos y separarnos con más facilidad, y nos amaríamos desinteresadamente. Ninguno de los implicados e implicadas en las relaciones tendría que someterse al otro, depender del otro, dominar al otro. Podríamos aprender a querernos bien, a cuidarnos amorosamente, a tratarnos con empatía y ternura, y a separarnos con amor.

Tendríamos mucho más tiempo para el amor: para la(s) pareja(s), para los amigos y amigas, para las familias que vamos construyendo en el camino. Podríamos disfrutar de los inicios de los romances con muchas más horas, días y meses de caricias, de conversaciones, de orgasmos, de abrazos y de noches de amor. Podríamos construir relaciones más igualitarias, y querernos desde el compañerismo, dejando a un lado las relaciones de dominación y sumisión que estamos acostumbrados a construir.

Las relaciones serían más libres porque no habría necesidad, sino ganas de compartir placeres, de conocerse a fondo, de intimar y de disfrutar del amor. Podríamos separarnos con mayor libertad, bajo la ética de los cuidados amorosos antes, durante, y después de una relación sentimental.

El amor romántico pasaría a ser un amor compañero: una relación de dos o más personas libres y liberadas de la necesidad que se juntan para disfrutar del amor, y se separan cuando ya no se está disfrutando. Nuestras relaciones sentimentales serían más horizontales, más desinteresadas, y menos conflictivas: disminuirían las luchas de poder, el sadomasoquismo romántico y los malos tratos entre nosotros si pudiésemos separarnos con amor.

Las mujeres no necesitaríamos leyes que nos asegurasen el poder quedarnos con la casa, el coche y los ahorros en caso de divorcio. Cada cual tendría su salario, y al separarse todo podría dividirse por la mitad. No habría lucha por la pensión alimenticia, porque se encargaría el Estado: todos los bebés tendrían asegurada su renta básica desde que nacen, independientemente de si sus padres están juntos o no.

Las mujeres no tendríamos que vivir del salario de un hombre, ni depender de si es trabajador o es un vago, ni depender de si se lo gasta todo en los tragos de la cantina o deja algo para la comida de sus hijos e hijas. No nos veríamos tan atadas a relaciones de malos tratos, porque nuestra supervivencia no se vería en peligro: con un salario universal, sería más fácil salir de la rueda de la violencia.

Los duelos serían más cortos, los divorcios menos traumáticos. Las mujeres no tendríamos que arrastrarnos detrás de hombres que no nos quieren, no tendríamos que resignarnos a convivir con personas a las que no amamos, no tendríamos que conformarnos, ni aguantar, ni resignarnos a vivir en una pareja que no nos hace felices.

Los hombres perderían su papel de proveedor principal de recursos al hogar, con lo cual dejarían de ser imprescindibles. Tendrían que situarse al mismo nivel que los demás miembros de la casa, puesto que todos aportarían a la economía doméstica la misma cantidad de dinero gracias a su renta básica. Dejarían de ser los monarcas absolutos, tendrían que resituarse dentro de la esfera familiar, y aprender a relacionarse desde otra perspectiva con su compañera, hijos e hijas. Tendrían que aprender a asimilar estos cambios que les bajan de su puesto de poder, y tendrían que renunciar a sus privilegios. No sería fácil, pero si absolutamente necesario para poder vivir en un mundo en el que las mujeres ya no necesitan a los hombres para alimentarse y alimentar a sus crías.

Las relaciones entre mujeres y hombres, en este contexto de autonomía económica y cambios políticos, podrían entonces desarrollarse en plena igualdad y desde la libertad de ambos miembros. El sexo mejoraría mucho, ya que tendríamos más tiempo para aprender y practicar las artes del amor.

Como el trabajo del hogar, la crianza y los cuidados serían compartidos con todos los miembros de la familia, estaríamos menos cansadas y de mejor humor. Tendríamos más ganas de hacer el amor, más energía para dedicarla al placer a solas, en pareja o en grupo. Estaríamos más contentas, y gozaríamos de una mejor salud física, psicológica y emocional.

Los hombres tendrían que aprender a respetar y a amar la libertad de las mujeres, su poder sexual, sus decisiones, su autonomía. Les costaría mucho, pero los cambios en las vidas de las mujeres no les darían mucha opción: adaptarse a los nuevos tiempos o morir… Tendrían que trabajarse mucho para deconstruirse y despatriarcalizarse, porque las mujeres preferiremos estar solteras que mal acompañadas.

Esta independencia económica nos empoderaría mucho a todas y nos permitiría dedicar nuestro tiempo y nuestras energías a nuestros sueños y nuestros proyectos. No malgastaríamos nuestros días en soñar con paraísos románticos y príncipes azules, ni nos someteríamos al poder del romanticismo patriarcal que nos quiere a todas sufridoras, amargadas, acomplejadas, decepcionadas, deprimidas, y entretenidas con la búsqueda del príncipe azul.

Nos dedicaríamos más a las cosas que nos gustan y nos dan placer, a disfrutar de la vida, con o sin pareja. Todos estos cambios en la pareja haría que las familias fueran mucho más diversas, y esto provocaría una transformación de la sociedad entera: las mujeres dejarían de estar subordinadas, y todo cambiaría: el sexo, la política, la cultura, la economía, y todo nuestro sistema emocional y sentimental.

Para terminar, es importante volver a recordar que la renta básica sería un factor fundamental para esta transformación, pero no el único: tienen que cambiar también nuestras formas de relacionarnos, de organizarnos, y de querernos. Ya sabemos que somos seres inteligentes que podemos mejorar y transformar el mundo en el que vivimos. Tenemos los conocimientos, tenemos los medios para construir otros sistemas económicos y políticos, tenemos también las ganas de hacerlo: tenemos utopías feministas como ésta que nos ponen a pensar, y nos mueven a la acción: ya hay mucha gente trabajando en el tema de la renta básica desde una perspectiva de género, y ya hay algunos ensayos que están arrojando resultados esperanzadores.

Llevamos ya muchos años reivindicando que lo personal es político y que hay que buscar otras formas de organizarse, de producir, de reproducirse, y de relacionarse. Sigamos soñando, pensando y debatiendo sobre el papel de la renta básica en los enormes cambios que podríamos conseguir luchando por la autonomía de las mujeres y la economía de los cuidados.

Fuente: Pikara

desobediencias. La espiral de la resistencia


El Encuentro Nacional de Mujeres sigue afirmándose como herramienta política de un movimiento que ya no teme llamarse feminista y que cada vez habilita diálogos entre identidades y experiencias más diversas. Adolescentes y adultas mayores, jóvenes, indígenas, lesbianas, travestis, gordas, bisexuales, trabajadoras, desocupadas, amas de casa; las que son madres y las que no quieren serlo; aborteras, profesionales, trabajadoras sexuales, sobrevivientes a la violencia machista, estudiantes; tantas que es imposible la enumeración aunque vale la pena ensayar alguna para dar cuenta de la circulación y los cruces que son posibles en esos tres días en que se habita y se debate con reglas propias, con el valor puesto en que todas las voces sean escuchadas y con ánimo de conjurar al dolor a pura fiesta de estar juntas. Reflexiones y postales de un espacio de tiempo cíclico y utópico que el años que viene se repetirá en la provincia de Chubut.



Cada vez que termina un Encuentro empieza otro, andamos caminando en espiral, en esa curva circular en la que nos sentimos protegidas en asambleas y talleres, en ese volver a pasar que impone el calendario por la misma fecha, pero nunca iguales, nunca es el mismo círculo, siempre acumulamos experiencias, ideas, abrazos, imaginarios, formas de entender el mundo que son nuevos, que nos vuelven otras, que nos llevarán más allá del último paso por el fin de semana largo de octubre que desde hace treinta y dos años es la cita para encontrarnos. De tanto insistir, forzamos el lenguaje: nos convertimos en “encuentreras” y así nos reconocemos, antes y después de andar cientos o miles de kilómetros, en las terminales de colectivos, en los aeropuertos, en las paradas obligadas en las rutas. Porque andamos con nuestros pañuelos verdes que reclaman el aborto legal, porque en las remeras o en las mochilas decimos Ni Una Menos, igual que en la calle cuando marchamos, porque la palabra lesbiana es un guiño deseante, y seas o no seas lesbiana, a la heterosexualidad normativa, esa que impone a cada mujer un hombre para atenderlo y servirlo por siempre jamás, ahí ya no volvemos. Porque nos dolemos por las travestis que nos faltan y porque ya no permitimos que haya ni la más mínima duda de que el nombre del Encuentro Nacional de Mujeres es insuficiente porque no las nombra como tampoco nombra a las lesbianas. 

Venimos multiplicándonos, sobre el dolor por las que nos faltan, frente al ninguneo de las identidades disidentes al modo que se supone correcto de ser, junto a las indígenas que este año tuvieron una presencia conmovedora, contra las fronteras nacionales que nos imponen y no reconocemos porque qué diferencia hay entre una compañera boliviana y otra jujeña si las dos tienen en el horizonte los mismos cerros; cada vez somos más. Y esto es así aunque hayamos sido muchas menos las que pudimos llegar a Resistencia que las que nos encontramos en Rosario en 2016. No hay razones para negarlo, las distancias y la precarización de nuestras vidas que viene asfixiándonos en los últimos dos años se hacen sentir, pero por cada una que llegó hasta esa geografía que se hace selva en cuanto besa la orilla del río Paraná, hubo otras que en el territorio de origen debatieron con ella, que gozarán de lo aprendido y lo descubierto a la vuelta, que buscan por las redes -y en este diario- las crónicas de los muchos cruces que se dan en el Encuentro. 

Es un hecho político, el ENM es un hecho político. Y repetirlo, también es político. Como lo fue la elección de la sede del año próximo. Fue una apuesta que se defendió, sobre todo, desde los espacios independientes que se dejaron interpelar por la voz de una mapuche que con la emoción desbordada habló de la defensa del agua y de la tierra, de su pueblo atacado por el extractivismo y la represión, de las niñas y los niños que son entregados al turismo sexual en Puerto Madryn o Puerto Pirámides, lugares de amarre de los grandes buques que van hacia la Antártida. En Chubut, además, es donde se juzgó y condenó a una médica por haber ofrecido a una joven la chance de hacerse un aborto legal, tal como le correspondía. Y dijo Chubut, también, por Santiago Maldonado, por ese hombre cuya falta no nos dio respiro en los últimos meses. Lo que enunció fue un tejido que había empezado a enhebrarse en septiembre, cuando la Asamblea Feminista Ni Una Menos se situó en El Bolsón, a un paso de Chubut, para dar cuenta de las relaciones entre ese colonialismo actual que demoniza a los pueblos originarios como usurpadores para poder seguir apropiándose de sus tierras, que sigue reduciendo como al principio del siglo XX a las mujeres indígenas a la servidubre, porque se las supone siempre ignorantes a la vez que se reprimen sus saberes y creencias ancestrales. 

¡Chubut, Chubut! Fue el grito que se escuchó desde los lugares más lejanos del Estadio Sarmiento, en Resistencia. Así se reponía lo que había faltado al inicio, esa pregunta que hoy, miércoles, mientras este texto se escribe todavía no tiene respuesta: ¿Dónde está Santiago Maldonado?

Pero la espiral tiene su costado macabro, otra vez, como en los dos años anteriores, la aparición de un cadáver nos expropió de ese cansancio dulce que deja el Encuentro, de esa sensación de haber tensado el cuerpo más allá de lo que creíamos que era posible. En 2015, fue el cuerpo de la dirigente travesti Diana Sacayán, brutalmente asesinada. En 2016, Lucía Pérez nos sacó a la calle a decretar un paro de mujeres que no se detuvo ni frente a la peor sudestada de que se tenga memoria. Y ahora, este cuerpo sin nombre todavía, esta incertidumbre que paraliza y el terror que se agita a merced de la impunidad de las fuerzas represivas que el miércoles pasado sitiaron a la ciudad de Buenos Aires. 

Volvimos, y la palabra Chubut resonó en los oídos con otra música, una que nos tiene todavía lagrimeando aunque hoy sea miércoles y esto se lea un viernes. El Río Chubut era el escenario de la imagen más temida. En imposible saltearse esta concordancia entre el escenario que buscamos para el próximo Encuentro y en el que campea la muerte. No se puede decir que está armado. Sí se puede nombrar que el feminismo quiere estar en los lugares de conflicto haciendo política a su manera, una política donde todos los cuerpos cuentan.

El desafío es salir de la parálisis, es seguir construyendo puentes de diálogo entre las comunidades ancestrales, los entramados barriales, estudiantiles, populares, académicos. Es por seguir hablando todas las diversas lenguas que se ponen en circulación en los Encuentros pero también para que consolidemos un discurso en el que podamos enunciar, porque lo tejemos cuerpo a cuerpo, que ahí entramos todas. Nombrar y que sea un acuerdo lo que se nombra es poder. Y ahí en el ENM todos nuestros nombres, nuestros cuerpos, nuestras experiencias y saberes pueden ser nombrados. Aunque salgamos en casi ningún diario, aunque los nombres que se nos quieran imponer sean esos que nos borran: violentas, vandálicas, sucias, chupapijas. Así era como nos nombraban las 200 personas que se quedaron con las ganas de que se reprima a la inmensa manifestación y salieron a tirar piedras y a acorralar a las que todavía esperaban en la plaza central de Resistencia la hora de la vuelta a sus casas. 

Otros nombres que intentan homologarnos a todas los reivindicamos: putas, aborteras, negras, lesbianas. Nos reconocemos en la abyección porque despreciamos las normas patriarcales que quieren poner en caja nuestros deseos, nuestros devenires, nuestras fugas.

Los cruces que se profundizaron en Resistencia -y el nombre de esta ciudad es también una manera de nombrarnos- serán huella por la que caminaremos todo este año, señalarán el itinerario que ya se empieza a andar hacia la Patagonia. Aunque falte tanto para que habitemos juntas ese territorio, la Patagonia ya nos habita y las interpelaciones que son grito desgarrado ahora mismo seguirán con nosotras, en cada debate, en cada movilización, en cada duelo y en cada resistencia. Ó

Fuente: Página/12

octubre 21, 2017

Cantadoras de la memoria de Colombia: Un documental sobre el canto de mujeres afrocolombianas que resisten a la violencia.

Ceferina Banquéz. Fotografía de María Fernanda Carrillo.

Una mujer se adentra en un campo sembrado de plátanos, en los Montes de María (Caribe colombiano); todo ahí es de un verde lleno de agua y las plantas varían unas de otras, la piel negra de la mujer brilla en el paisaje. Esa diversidad contrasta con una gran plantación de monocultivo de palma africana que hay junto a sus tierras. Ceferina Banquéz está acompañada de su familia y cuenta al público de ‘Cantadoras, memorias de vida y muerte en Colombia’ cómo fue atraída por el bullerengue. Cuando tenía nueve años escuchó en las voces de sus tías los cantos de la tradición musical más afro del país; desde ahí la música es su compañera más fiel, la que la regresó a la vida después de la violencia y el desplazamiento, según sus propias palabras.

El documental etnográfico ‘Cantadoras’ es la tesis de maestría en Cine Documental en la Universidad Nacional Autónoma de México de la directora colombiana María Fernanda Carrillo; este se presentó el pasado 7 de septiembre en FLACSO Cine. Ahí se observan las experiencias de cinco cantadoras, cinco mujeres que mantienen presente la memoria del pueblo afrocolombiano; cantan canciones populares o de composición propia que narran el día a día, los alimentos, la salud, el clima, el amor, el desamor y la muerte. Con sus voces a ritmo de currulao, alabao, lumbalú, cumbia de acordeón y bullerengue: Cruz Neyla Murillo, Graciela Salgado Valdés (†, también tamborera), Inés Granja, Bety Ochoa y Ceferina Banquéz; han reconstruido la historia del pueblo afrocolombiano y también han roto el ciclo de la violencia que se espera ya no siembre más terror en esos territorios.


Estas mujeres cuentan cómo llegó la música a sus vidas y cómo la componen: en medio de sus jornadas laborales en sus casas o labrando la tierra, como lo ha dicho Petrona Martínez –eminencia del bullerengue–, quien ha resaltado la versatilidad de las letras de Ceferina Banquéz, la cantadora que hace de línea conductora del documental y que también es una de las mayores representantes del género. No es gratuita esta mención, pues es bien conocido que en la cultura popular afrocolombiana el canto no solo está en los tiempos festivos. El canto forma parte de cualquier aspecto de la vida y por eso también está en la muerte. Así lo explica Cruz Neyla Murillo en Andagoya (Chocó) cuando canta un alabao y cuenta que mucho antes los cantaban con tristeza –por la partida del ser querido– y con alegría, porque la persona fallecida nunca más volvería a ser esclava o esclavo. En el presente más cercano los cantos ya han puesto palabras y música donde la violencia de los grupos armados, la del Estado y las multinacionales, y también la del racismo y el patriarcado, han impuesto silencio y muerte.

La representación de la resistencia de las mujeres a la violencia y a la guerra desde la cultura popular es lo que hace potente al documental. Así han hecho posible que la vida cotidiana se politice desde otros espacios que se salen de las formas hegemónicas de la práctica política, aquí lo hacen los sujetos que históricamente han sido despojados de la creación de sentidos propios para comprender la vida: mujeres afrocolombianas de comunidades empobrecidas y despojadas. Un poco de esto también se puede ver en el material de archivo de la serie documental Yuruparí, realizado por Gloria Triana y producido entre 1982 y 1986, que oportunamente coloca Carrillo. Se ve a las cantadoras lavar ropa en un río, o también trabajando en una mina y ahí no olvidan los tiempos de la esclavitud al cantar:


“Aunque mi amo me mate a la mina no voy (bis)
Yo no quiero morir dentro de un socavón (bis).
Negro he sido, negro soy, negro vengo y negro voy
Negro ayer, mañana y hoy”

Cantadoras como Inés Granja y Bety Ochoa, además de la misma Ceferina Banquéz, relatan los momentos en que sus comunidades se dividieron por la incursión de los grupos armados. Sus canciones son un testimonio de la importancia de las mujeres en la preservación de la memoria cultural: ellas –con todo lo complejo que puede implicar esta afirmación– sostienen los vínculos vitales de sus familias y comunidades y por eso mismo (para saber cómo sembrar o cómo actuar frente a la violencia machista o la de una transnacional) son las que una y otra vez se dicen cómo se hace la vida.

Ahora que Colombia atraviesa una transición por los Acuerdos de Paz –la música popular afrocolombiana y toda creación cultural que reconozca el pedido urgente de construir memoria para ya no repetir ni dejar impune más violencia–, un documento etnográfico como ‘Cantadoras, memorias de vida y muerte en Colombia’ se vuelve urgente para ser visto y difundido en cualquier latitud. Pues lo que justamente se necesita en este tiempo es: rememorar los relatos que hablan de la vida y la muerte, desde las resistencias culturales, y crear nuevos relatos para la paz que la mayoría de colombianas y colombianos quieren.

Mujer que transita por el periodismo, la corrección de estilo, el oficio de encuadernadora artesanal, la escritura de guiones, entre otros entresijos de aficionada de la vida y la locura disidente.
Fuente: La Periódica.net

Entrevista a Mercedes D'Alessandro "El capitalismo tiene un socio oculto: la mujer que realiza los trabajos domésticos no remunerados"

  • La economista Mercedes D'Alessandro es la impulsora del portal Economía Femini(s)ta, que ha conseguido situar la economía con perspectiva de género en la agenda pública latinoamericana y ganarse las redes sociales
  • "Lo que está invisibilizado en los datos está invisibilizado en las políticas"
  • "La asimétrica distribución del trabajo doméstico no remunerado es el tema central que explica que sucedan todas las discriminaciones económicas hacia las mujeres"

La economista Mercedes D'Alessandro.

Es una de las economistas feministas que más repercusión ha tenido en los últimos años. Mercedes D'Alessandro, argentina, doctora en Economía, profesora en varias universidades y divulgadora económica, lanzó en 2015 el portal Economía Femini(s)ta. La página web, que se nutre del trabajo de un equipo de economistas, pero también de expertas de otras disciplinas, ha conseguido situar la economía con perspectiva de género en la agenda pública latinoamericana y ganarse las redes sociales. D'Alessandro, que vive en Nueva York, ha publicado recientemente Economía Feminista. Cómo construir una sociedad igualitaria (sin perder el glamour).

En los últimos dos años ha habido muchas movilizaciones de mujeres en diferentes partes del mundo. Aunque cada país tiene sus características, parece claro que hay una serie de problemas que les suceden a las mujeres en todas partes. ¿Cómo es posible que la brecha salarial, el techo de cristal o la precariedad sean nuestro día a día en todo el mundo?

Hay un tema central que explica que sucedan todos los demás: la asimétrica distribución del trabajo doméstico no remunerado. Son estas tareas del hogar, como limpiar, hacer las compras, cocinar y cuidar a niños, niñas y adultos, las que recaen mayoritariamente en las mujeres. Y no son tareas que lleven cinco o diez minutos. En Argentina, por ejemplo, dedican un promedio de seis horas diarias. Estamos hablando de que hay un montón de trabajo no remunerado que aparece dentro de la esfera de lo privado y lo personal pero que, sin embargo, es fundamental para que funcione el sistema productivo en el que vivimos. Alguien que tiene que ir a trabajar todos los días necesita todas estas tareas resueltas.

Esto es algo que culturalmente las mujeres hemos llevado adelante. En la generación de nuestras madres y abuelas las profesionales eran la excepción y no la regla, el resto eran amas de casa. Hoy el ama de casa de los 60 full time (a tiempo completo) es algo que ha quedado fuera de la dinámica pero la sociedad nos sigue tratando así.

¿Nos trata así y por eso nos considera trabajadoras de segunda?

Cuando una mira por qué hay brecha salarial suele encontrar que, por un lado, las mujeres eligen tareas que pagan peor, ligadas a los cuidados. Por otro lado, trabajamos menos horas en el mercado, especialmente las mujeres que son madres. En todas las economías vemos que cuando las mujeres empiezan a tener hijos dejan de trabajar remuneradamente y se quedan en los hogares, eso les hace perder sus carreras profesionales, toman medias jornadas, no les ofrecen ascensos o mayores responsabilidades... Por eso, el tema central tiene que ver con la asimetría de los cuidados y con una cultura que asigna eso a las mujeres. 

Podemos decir entonces que la economía se ha construido sobre un modelo que ha ignorado una parte de la realidad.

Exacto. Hay una economista estadounidense que dice que el capitalismo tiene un socio oculto: la mujer que realiza los trabajos domésticos no remunerados porque realiza los trabajos indispensables para que el sistema funcione sin ningún tipo de retribución.

¿Y hasta qué punto es el capitalismo un aliado necesario del patriarcado, de que esta sea la situación de las mujeres? Usted misma dice que ninguno de los modelos económicos han tenido en cuenta esta parte de la realidad.

El problema es que el capitalismo y las luchas feministas si bien nos beneficiaron en el sentido de que somos más independientes, por ejemplo, al mismo tiempo nos incluye en un sistema de trabajo que no es el paraíso de nadie, ni de mujeres ni de varones, y al que entramos además en desigualdad de condiciones.

En Argentina, y es algo recurrente en toda América Latina, la mayoría de mujeres que trabajan lo hacen como empleadas domésticas. Es decir, una mujer de clase media que tiene ingresos y una vida profesional lo hace dejando una vacante en sus tareas del hogar y lo que hace es contratar a otra mujer para que las haga. Ahí tenemos un problema porque las mujeres profesionales hoy se pueden liberar de las tareas del hogar a costa de contratar a otras mujeres, en general, en condiciones muy malas. La forma de avanzar de unas mujeres es a costa de que otras tengan trabajos mal pagados. 

Entonces algo falla en la ecuación, ¿son los hombres, que no asumen su parte de los cuidados?

Dentro de casa no hace falta una ley para que las tareas se distribuyan de forma más homogénea. Pero necesitamos que el Estado se comprometa y que, por ejemplo, la gente pueda acceder a guarderías o jardines de infancia, a espacios de escolarización, de recreo, a geriátricos... Esto facilita muchísimo la inserción laboral de las mujeres. 

Muchas expertas hablan de que vivimos una crisis global de cuidados que puede ir a peor. ¿Cree que existe esa crisis?

Sí, absolutamente. No hay una suficiente provisión de servicios públicos de cuidados. Las personas que tienen que apelar a esos servicios terminan haciéndolo a servicios mercantilizados que suelen emplear a personas con pésimas condiciones. La única forma de acceder a ellos es que estén precarizados y mal pagados. Es muy importante, primero, reconocer que existen estos trabajos porque no hay estadísticas públicas sobre esto. En la mayoría de países no se miden los trabajos de cuidados y es muy difícil que a la hora de planear políticas se tomen en cuenta variables que influyan en los presupuestos y programas. Si no se visibiliza y cuantifica un problema, tampoco aparece como algo a solucionar. Los cuidados quedan fuera de lo que la economía toma como propio.

Sin embargo, mientras algunos organismos internacionales publican informes sobre los efectos positivos en la economía que tendría que más mujeres trabajaran, ¿no es una trampa que mientras vivimos en sociedades así nos empujen a un mercado laboral que nos maltrata?

Claro, el problema es que esto acaba derivando en una doble jornada laboral, dentro y fuera del hogar. La economista argentina Valeria Esquivel habla de la pobreza de tiempo. Con las encuestas de uso del tiempo muestra que las mujeres más pobres dedican siete horas a los trabajos pagados y otra siete a los no pagados, es decir, 14 horas de trabajo. Realmente estas jornadas afectan al tiempo libre y de descanso y esto genera una pobreza que no tiene que ver solo con el dinero.

Muchas economistas feministas plantean el problema de la sostenibilidad de la vida, para qué se vive, el objetivo es generar ganancia o generar bienestar. Cuando una mujer quiere participar políticamente de alguna manera o comprometerse se le suma una tercera jornada laboral. Las sindicalistas suelen decirnos que no llegan a las reuniones porque tienen jornadas de ocho horas, dos horas de ida y vuelta a casa, tienen que correr a la escuela a por los chicos... Los varones tienden mucho a hacer networking y en esos ámbitos las mujeres o llegan tarde o nunca llegan. 

Habla de la falta de indicadores y estadísticas y de que eso es un problema. Plantea también la necesidad de incluir indicadores económicos LGTBIQ. ¿Qué sería necesario medir?

Por ejemplo, en un distrito de Buenos Aires se hizo una prueba piloto en la población trans. Se encontraron cosas interesantísimas: de 400 personas solo el 1% tiene un trabajo formal y solo el 2% terminó la educación universitaria. Y es diferente la situación de los varones trans que la de las mujeres trans. Resulta que en Argentina se llevó adelante la ley de cupo laboral trans para obligar al Estado a contratarlas. Pero no hay personas que cumplan con los requisitos que pidió el Estado para formar parte del cupo, es decir, estás generando una ley que no permite a las personas destinatarias acceder a ella. Lo que está invisibilizado en los datos está invisibilizado en las políticas.

En Economía Femini(s)ta han puesto en marcha la iniciativa Menstruacción, ¿en qué consiste? 

Consiste en tres puntos: pedir la eliminación de los impuestos a estos productos –tampones, toallitas y copas menstruales– que en Argentina es del 21% porque consideramos que es un bien de primera necesidad que toda mujer va a necesitar comprar. Pedimos provisión gratuita para las personas de bajos recursos porque anualmente pueden suponer unos 100 dólares, y mejorar las investigaciones sobre el tema, porque en los últimos años ha habido estudios que han encontrado rastros de glifosatos y no puede ser que no tengamos más información sobre los efectos que pueden tener. La campaña también apunta a desestigmatizar, a mostrar que la menstruación es parte de nuestra experiencia cotidiana y que acceder a estos productos es una cuestión de salud. 

Y volviendo al principio, a los paros de mujeres y las protestas por la brecha salarial, la violencia de género, los cuidados, la Women's March... ¿cree que es el inicio de un proceso irreversible en el sentido de que estos temas están ya en la agenda como quizá nunca lo habían estado?

Yo soy optimista. Hay muchas cosas resonando, muchas mujeres y varones que se dieron cuenta de algo y que a partir de ahí cambiaron su forma de concebir las cosas. Culturalmente hay un antes y un después, hay un fervor feminista que no había desde hacía mucho tiempo. No podemos decir que es la primera vez en la historia que sucede porque eso sería olvidarnos de toda la lucha que ha habido en el pasado, pero sí hay una nueva efervescencia. Lo que sí hay también son gobiernos muy conservadores. 

Todas las cosas que hemos ganado en luchas anteriores se tambalean a veces, con lo cual no podemos dormirnos y descansar en que muchas gentes usen remeras (camisetas) que dicen feministas. Tenemos que seguir muy atentas porque cada conquista cuesta mucho mantenerla. Y hay un tema que va más allá que es la violencia de género, que tiene una parte de violencia económica muy importante: muchas mujeres no se pueden ir del hogar porque no tienen a dónde, no tienen trabajo, no tienen recursos.

Fuente: El diario.es